Muchísimas son las cosas/que nuestra madre Natura/hace con mucha ternura./
Más aún, las hace hermosas./Por lo mismo, es tan celosa/ de nuestra eterna inconsciencia,/
que hasta pierde la paciencia/con tanta locura humana,/
y en su lenguaje proclama/su furia, con inclemencias.

(del Maestro Merardo)

miércoles, 3 de agosto de 2011

JUGANDO CON EL HORIZONTE

de BZ, Mundaka forever

Mirando el horizonte de una porción del golfo de Bizkaia que admiro todos los días desde uno de los balcones de “Itxas Begira”, suelo jugar con la imaginación intentando reconstruir el instante emocional que sufrieron los aborígenes del Caribe, cuando en 1492 vieron acercarse, atónitos, las carabelas de Cristóbal Colón.
Dicho juego, es motivado por las diversas embarcaciones que aquí en Mundaka regresan en las tardes al pequeño puerto. Dependiendo de la luz, motoras; lanchas; veleros; pequeños yates – a lo lejos -, son sólo puntos negros o grises que se confunden con las sombras y brillos de las ondas marinas. Esos puntos aparecen y desaparecen detrás de la línea del horiznte…

Sin embargo, poco a poco, lentamente, esos objetos lejanos, confusos, comienzan a tomar forma… Entonces los reconozco, los identifico…, son embarcaciones… Y en se momento comienza mi juego: ¿y si esos objetos me fueran desconocidos…?
Para los aborígenes del Caribe, en 1492, las embarcaciones no eran desconocidas – se utilizaban canoas, piragüas -, pero no concebían el tamaño…, y el velamen… (respecto de las velas, aún se discute si eran utilizadas por los navegantes prehispánicos).

En mi infancia conocí las avionetas Cessna en el aeródromo de mi ciudad natal. Y cuando más tarde estuve informado de la existencia del avión Jumbo, la primera vez que estuve frente a él y monté en su interior (dos pisos, bar incluido), confieso que no podía creer que aquello se elevaría (en alguna otra ocasión contaré la terrorífica experiencia de mi primer vuelo en Jumbo).
Mirado el avión Jumbo desde la loza, simplemente me pareció un monstruo que sobrepasaba todo lo que mi mente concebía como un avión, un aparato construido para elevarse sobre la tierra, pero no aquello que era un edificio con alas…

¿Sería algo similar lo que le aconteció a aquellos aborígenes que desde la altura de algún monte comenzaron a distinguir aquellos objetos que en el horizonte crecían monstruosamente flotando sobre las aguas? ¿Y qué eran esas enormes alas que se inflaban con el viento…?

En la actualidad, el cine fantástico o de ciencia ficción, quizás nos tiene mejor preparados que a los aborígenes de ayer, del Caribe y resto del continente, para un encuentro con lo desconocido. Aunque pienso que ante un encuentro con extra terrestres, seguramente sentiríamos el mismo estupor que nuestros antepasados… (A propósito, no tengo el menor deseo de encontrarme con alienígenas. Tengo serias sospechas que sabiéndose ellos tecnológicamente superiores, actuarían con nosotros igual que los conquistadores de América).

Y en esta placentera ociosidad me encuentro algunas tardes en el balcón de la casa: entretenido, intentando adivinar qué tipo de embarcación es aquel punto gris o negro que comienza a perfilarse allá en el horizonte… Y por deformación profesional de actor, intento imaginarme y recrear el estado atónito que les supongo a mis antepasados aborígenes…